17 may. 2017

Soledad es mi segundo nombre

Cae el sol en un balcón de Villa Urquiza. Una hoja en blanco y una escritora frustrada. 
Una palabra que nunca llega. 
Soledad.


"Y le pedimos al amor 
–que, siendo deseo, 
es hambre de comunión, 
hambre de caer y morir 
tanto como de renacer– 
que nos dé un pedazo de vida verdadera, 
de muerte verdadera. 

No le pedimos la felicidad, 
ni el reposo, sino un instante, 
sólo un instante, 
de vida plena, en la que se fundan los contrarios 
y vida y muerte, 
tiempo y eternidad, 
pacten."

Octavio Paz, el laberinto de la soledad


Fotito mía, atardecer para todos.

16 may. 2017

Patitas

Cuando sacás un blog sabes que tenés la impunidad de subir lo que se te cante el culo... como esta foto que el otro día saqué en la plaza y que inmediatamente después de verla me di cuenta que le corté una parte.
Así que una vez en casa y luego de haber perdido el registro digital de lo mágico, quise compartirla con ustedes e intenté recrearla con las escasas herramientas que tenía a mano.... y acá está el resultado.
O acaso no son hadas las que vuelan por el parque? 




12 may. 2017

Negra es mi alma, negro mi corazón

Otro relato cortito para "La Historia sin fin" en la semana del Amorhttps://escribeconnosotros.wordpress.com/2017/02/09/negra-es-mi-alma-negro-mi-corazon/

Catalina ultimaba detalles frente al espejo. Miraba de lado, eligiendo su mejor perfil, sonreía y cuando dejaba de hacerlo, sabía que ahí mismo, en la partecita mas saltona del cachete, debía colocar un poquito más de rubor. Nunca la tomaba desprevenida, tenía tiempo y de sobra.
Había estado esperando ese momento desde el último encuentro, hacía una semana. El azul le sentaba muy bien, entonces había elegido una prenda del mismo color para esta nueva ocasión.
Todo calculado, todo previsto, salvo el asunto del estómago que desde temprano, todos los jueves la ponía un poco nerviosa.
El amor había abandonado su ser primitivo e incontrolado, con 40 años cumplidos, Catalina había logrado volverse un poco más cerebral y por eso, un poco más libre. De eso había estado hablando en las últimas charlas con sus amigas, aunque en el fondo sus cálculos no le auguraran mayor felicidad.
Tocaron el timbre, su estómago atendió. Pablo había llegado. Un poco de perfume, cartera en mano y salió.
La velada fue perfecta. Catalina estaba desbordada, enamorada, todo lo que había deseado fue sucediendo sin siquiera tener que mencionarlo. Menos la parte en la que ambos se quedaban dormidos, enredados en esas batalladas sábanas de seda.
Él mencionó que se hacía tarde y que sería mejor volver. Ella no pensaba lo mismo, pero no dijo nada.
Ya en la puerta de su casa, Pablo la besó y le confesó:
– “Definitivamente el Azul es tu color”. Ella se sonrojó como una adolescente. Él agregó: “pero quizás debas cambiar el color de pelo”.
– “No querrás verme Morocha, como tu mujer?, o si?” El estómago de Catalina se pronunció.
– “No! pero que decís? por nada del mundo, me encantas rubia!”. Y siguió… “pero el viernes pasado su auto se rompió y tuve que pasar a buscarla por su oficina. En tu asiento encontró un pelo rubio. Me lo mostró y no dijo nada. Sé que esto va traer ruido. Pensalo”.
Catalina entró, prendió la luz del recibidor y allí, frente al gran espejo se quedó, imaginando su otro yo. Un yo donde el amor solo le oscureciera los cabellos y no su corazón.





11 may. 2017

Amantes

"Abierto sobre el escritorio, un libro repetía unos versos de Heine:


Mucho hemos sentido el uno por el otro,

sin embargo tuvimos una exacta armonía.
A menudo jugamos a ser un matrimonio
sin que tener sufrir ni tropiezos ni riñas.
Nos divertimos juntos, gritamos con jolgorio,
nos dimos dulces besos y nos acariciamos.
Al final decidimos, con infantil placer, 
jugar al escondite por los bosques y campos.
Así hemos logrado escondernos tan bien
que luego nunca más hemos vuelto a encontrarnos."


Andres Neuman - El viajero del siglo. 
Una de mis páginas preferidas del libro.... recomiendo!!!





La Grieta

La grieta


…por La Maga.
Este relato cortito lo escribí para la hermosa La Historia sin fin para la semana del miedo. Entren no se van a arrepentir. (https://escribeconnosotros.wordpress.com)
Caminé tan solo un par de metros y entonces la vi. Todo el mundo hablaba de ella, pero nadie jamás la había visto.
Sin embargo, ahí estaba: una grieta enorme… descomunal! En el medio de todo y de todos.
Era tan profunda y horrorosa que de solo sentirla tan cerca, helaba la piel. 
La gente parecía no percatarse de ella, caminaban inmutables a su lado, como si un hueco igual o quizás más grande ocupara ahora sus cabezas.
Me acerqué y sentí el vértigo. Odiaba estar al borde de las cosas, al menos de cosas tan grandes como esas.
Los de aquel lado, conversaban entre sí, se reían, algunos se abrazaban. Iban y venían pero nadie miraba hacia acá, nadie intentaba cruzarse. Por aquí la cosa era exactamente igual.
Decidí seguir de forma paralela la línea del precipicio hasta dar con alguna calle, un puente, una señal de que el mundo entero no había sido dividido en dos. Pero caminé por más de 10 km y no hallé nada. Ni una pizca de esperanza a lo largo del camino. Solo un helicóptero sobrevolaba la zona, cruzando aquella línea infinita.
A uno y otro lado la gente se movía con total normalidad. En cambio yo, empezaba a sentir el cansancio y el miedo nublaba poco a poco mis sentidos.
A mi derecha, un viejo bastante extraño se apoyaba en la esquina mientras fumaba un cigarrillo. Mantenía su mirada perdida en el otro lado y entonces supuse que él podría explicarme algo.
Me acerqué y le pregunté cómo podría cruzar del otro lado, pero enseguida contestó: “¿para que querés pasar al otro lado? No sabés que del otro lado está lleno de estúpidos?”.
Lo miré perturbada, pero el tipo apagó su cigarrillo y se alejó como si nada.
Miré hacía el frente con la idea de encontrar estúpidos, que se yo… pero a simple vista no pude reconocer a nadie. De repente y para mi desconcierto, vi a mi padre caminando por allí, luego a mi madre y a mi hermano. Mi familia entera estaba del otro lado.
Les grité desesperada, con todas mis fuerzas, con todas mis ganas. Ellos no escuchaban.
Me acerqué al borde, casi a un centímetro del vacío y volví a gritarles.
De pronto, mi madre se detuvo y me clavó su mirada, luego fue en busca de mi padre y entonces, ambos se agacharon, tomaron unas piedras y sin perder tiempo comenzaron a lanzármelas.
Nada los disuadía, ni mis gritos, ni mi llanto. Enseguida se sumaron algunos más y una lluvia de cascotes comenzó a equiparar, por fuera, el dolor que albergaba mi alma.
Vi, de nuevo, acercase por mi derecha al extraño viejo de la esquina. Llegó hasta mi, me miró con rabia, me tomó del hombro y me dijo: “ya ves… de este lado los estúpidos también abundan” y sin esperar respuestas, me empujó hacia la nada.